Principio de no contradicción

«No se puede ser y no ser algo al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto» Aristóteles

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El llamado principio de no contradicción es aquel que establece desde el punto de vista ontológico que nada  puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido; una de las leyes clásicas del pensamiento lógico. El principio de no contradicción permite juzgar como erróneo todo aquello que implica una contradicción. En digitalización, llamar a soluciónes “mágicas” y seguir apretando las teclas equivocadas lleva necesariamente a ese axioma.


Nadie duda del gran avance de la digitalización en América Latina en los últimos años, nadie puede poner en duda que hoy nos conectamos más y mejor que ayer y que el sector productivo comienza a adoptar procesos de digitalización en las empresas y los gobiernos empiezan a tomar el eje digital como un pilar para el desarrollo y recuperación económica. Sin embargo, el resultado no es tan positivo aún si hacemos un balance sobre las políticas públicas que realmente se vienen desarrollando, las que se proponen y el nivel de consenso con el que salen, y el uso efectivo que realmente se le da a los procesos de digitalización adoptados por las empresas. Esto nos lleva a la pregunta de sí realmente se va por el buen camino, digitalización sí, sin duda, pero ¿per se? o ¿para qué? como declaración ¿vacía o efectiva?, para no caer en la contradicción de digitalizar y no ser efectivos es preciso que realmente tomemos nota de qué y de cómo estamos tomando decisiones.


Desde el Instituto de Desarrollo Digital para América Latina y el Caribe, creamos el Observatorio Electoral TIC para Latinoamérica y el Caribe con la voluntad de desarrollar un espacio de monitoreo, análisis y posterior seguimiento de las propuestas TIC elaboradas por las principales fuerzas políticas de América Latina y el Caribe. Esto nos ha permitido durante el año que venimos desarrollando el cometido, analizar los últimos procesos electorales desarrollados en la región en países como Colombia, Chile, Perú, Ecuador o Costa Rica entre otros. A su vez el mundo ha seguido girando y las políticas sobre digitalización siguen estando más que nunca sobre la mesa, en un contexto mundial donde nuevos y apasionantes retos han ido surgiendo en el marco de la digitalización y nueva revolución tecnológica.


Si algo hemos observado en las propuestas electorales de este último año, salvo notorias excepciones, es que si bien resulta positivo el rol que están jugando las tic y la necesaria digitalización, en la mayoría de los casos seguimos observando muchas declaraciones principistas, de objetivos maximalistas (Conectar a todos de forma casi gratuita) y poco desarrollo real, que además pierde transversalidad con otras áreas (principalmente con hacienda, economía y política exterior). Decía Séneca que «A los que corren en un laberinto, su misma velocidad los confunde», esto aplicado a los procesos de digitalización, nos lleva a la reflexión de que la necesaria transformación de nuestras sociedades no va a venir por declaraciones principistas que a la hora de la verdad se convierten en inmanejables y conducen a la frustración por su falta de concreción e incapacidad de realización. Pensar en recorrer el camino de la digitalización, sin mapa consensuado, es posible que nos encierre aún más en un laberinto sin salida y en un principio de contradicción permanente donde a mayor declaración de avanzar hacia la digitalización mayores cortapisas creemos.


Siguiendo con Séneca,  el filósofo afirmaba que «Cuando el sol se eclipsa para desaparecer, se ve mejor su grandeza», tras el comienzo de la pandemia, nuestras sociedades adoptaron una digitalización forzada por las circunstancias, realizando en semanas lo que tal vez nos hubiera llevado años, de pronto descubrimos que no podíamos vivir sin conectividad y sin herramientas digitales y además vimos que quién más sufrió las consecuencias económicas de la crisis pandémica fueron precisamente, las clases sociales que carecían de conectividad y habilidades digitales. Lo que en principio parecía una noticia positiva en medio de tanta desgracia, empezó a no ser tal, por un lado empezamos a ver que la digitalización en muchas de las empresas no vino acompañada de poder dar un uso potencial de la misma y que incluso tras el relajamiento de las medidas sanitarias se comenzaron a dar pasos atrás. Por otro lado, observamos que muchas de las políticas que se implementaron a raíz de aquel momento sirvieron más para cobrarse presas, filias y fobias hacia ciertos sectores, que en buscar soluciones, encontrando solo culpables.  Hemos dejado de aprovechar inicialmente la capacidad de dar un avance institucional y político que permita el salto de generación. En definitiva,  el necesario consenso real (Sin desmedro de notables y buenas excepciones) se rebajó aún más.


Esta aseveración tuvo impacto inicial en determinadas dinámicas. Por un lado los programas electorales, que en muchas ocasiones adoptaron versiones con soluciones maximalistas para problemas excesivamente complejos y de otro el encierro en sí mismos y en las distintas realidades nacionales; llegando a una máxima de que cuanto más era necesario el diálogo regional y las sinergias que del mismo se derivan, más abandonados han quedado los espacios de diálogo.

No quisiera hacer un artículo únicamente con un poso crítico y de un pesimismo sin salida, como he mencionado, resulta, a pesar de la soluciones que se han aportado, muy positivo la toma en consideración de la digitalización como una política a abordar de manera impostergable. Tan solo esta circunstancia nos da pie a que toda la negatividad anterior pueda ser encauzada hacia soluciones positivas…. si no se hubiera planteado esa toma en consideración, sí que habría poco que hacer.


Es hora de avanzar en romper determinados patrones y buscar soluciones efectivas. Deben ser capaces, el conjunto de sectores que promueven un desarrollo digital efectivo para la región, de crear espacios que incentiven la cooperación para impactar de forma real en el diseño de políticas públicas y de regulación en materia TIC. Para ello debemos generar conciencia de que esto, pese al necesario liderazgo gubernamental, es necesario que sea tratado de manera transversal con todos los actores involucrados en el desarrollo del ecosistema digital nacional y regional. 


La salida hacia una digitalización efectiva, en un contexto global cada día más polarizado y con crisis acuciantes, no puede ser abordado por cada país en solitario. La región debe plantearse las necesidades institucionales necesarias que den respuesta a los retos y  desafíos conjuntos que plantea el desarrollo digital. No se puede dejar de lado los espacios de diálogo, hay que pensar una nueva institucionalidad a nivel latinoamericano capaz de afrontar los retos que plantea la digitalización y el nuevo contexto mundial. Se debieran generar nuevas oportunidades de colaboración a largo plazo, así como forjar alianzas entre distintas organizaciones atendiendo a las necesidades que plantea la digitalización en la tercera década del siglo. Solo generando espacios que sean capaces de favorecer la retroalimentación positiva y el fortalecimiento de capacidades, se podrá avanzar en conjugar una regulación del entorno digital promotora del desarrollo con la adecuación a los más altos estándares de Derechos Humanos.


Es un momento clave para que América Latina sea capaz de establecer una agenda de trabajo intersesional que promueva políticas coordinadas entre los países, sobre la base de un compromiso de tender puentes hacia la construcción de regulaciones que comprendan la evolución actual y el contexto de digitalización y cambio, fomentando un desarrollo inclusivo, con ánimo constructivo y consensuado.


No se puede perder el último tren y seguir caminando en un laberinto eterno de contradicciones y de avanzar para volver atrás, en nuestra mano está poder dar vuelta a la tortilla digital.